Cuando la estremecedora historia de Polonia parecía por fin emancipada de su halo trágico, el accidente fatal del jefe de Estado Lech Kaczynski y de una centena de figuras de su gabinete volvió a colocar al país ante un drama inédito en la trayectoria mundial de la navegación aérea.

Los totalitarismos, la intolerancia religiosa y las crisis económicas han perseguido a los poloneses, cuya independencia y autonomía han sufrido el acecho crónico de las ambiciones políticas rusas. Todas las potencias hegemónicas del continente han querido una parte de Polonia y, con mayor o menor suerte, todas han conseguido un pedazo de este territorio geográficamente estratégico.

Pero quizá ningún flagelo haya herido tanto al pueblo del compositor Federico Chopin como la Segunda Guerra Mundial, desencadenada precisamente a propósito de la invasión alemana a Polonia el 1 de septiembre de 1939. Nazis y soviéticos dividirán el país en función de sus intereses, y unos y otros usarán el terreno anexado para perpetrar las acciones más crueles de sus planes totalitaristas. Un destino que ha identificado a Polonia con la siniestra persecución de judíos y gitanos, y los campos de exterminio alemanes.

La soledad de Sikorski

Los desmanes humanitarios de la Segunda Guerra Mundial incluyen la masacre de Katyn, matanza de alrededor de 22.000 oficiales y civiles polacos ejecutada por las fuerzas rusas durante la primavera de 1940. Nazis y soviéticos se atribuyeron recíprocamente la autoría del crimen en los bosques aledaños a la ciudad de Smolensk, hasta que, en el gobierno de Mijaíl Gorbachov, Rusia admitió la responsabilidad del Comité Central de su Partido Comunista.

El esclarecimiento de la masacre de Katyn enfrentó a Polonia con las naciones aliadas, que no estaban dispuestas a arriesgar las relaciones diplomáticas con Moscú.

En soledad y en el exilio, los líderes polacos resistieron la presión del Kremlin. El símbolo de esa oposición tenaz es el general Wladyslaw Sikorski, primer ministro de Polonia fallecido en 1943 en Gibraltar, también como consecuencia de un accidente aéreo. Investigaciones posteriores aseguran que esa fatalidad fue, en verdad, un atentado de la inteligencia soviética.

La atrocidad de Katyn dejó a Polonia huérfana de dirigentes. Siete décadas después, el accidente aéreo de Kaczynski ensancha ese infortunio. No sólo ha muerto un jefe de Estado, sino también funcionarios y figuras clave de la administración. Como si entre las cientas de desgracias que acusa el pasado de Polonia, la de Katyn estuviese destinada a recordar la tendencia de las tragedias a la concatenación o la capacidad de las tragedias para atraerse entre sí.